Sociología memorable

18 mayo 2013

La escuela de Ciencias Sociales gozaba de privilegios que sólo serían comprensibles justo al egresar de ella. Amalgamados en esa extraña metodología heredada de la educación básica, donde todas las materias importan lo mismo y te obligan a ser más comprometida con el rendimiento que con el aprendizaje, tuvimos unas joyas de profesores cuyo ranking comprobé -ya sin intuiciones- en el primer postgrado que se me ocurrió hacer.

Y justo en los primeros años de carrera, donde la leyenda sobre las materias filtro podía superar la curiosidad, aparece este señor, con menos protocolo que el gran José Ignacio Rey, igual desparpajo que Jesús Hernáez, y la capacidad histriónica de ningún otro, superando a Mikel De Viana, que era prácticamente un imposible. El salón para Antonio Cova se convertía en un aforo. Romper las filas de los pupitres, colaboraba con el quiebre de las escenas regulares, él era el centro, el eje, y toda la luz de las ventanas, parecía reenfocarse en su escenario de piso de granito.

Difícilmente para el método venezolano, la risa está asociada al aprendizaje. Toda la lúdica de un preescolar cargado de colores, muñecos y juegos, es sustituida de un trancazo por unas camisas blancas, que justifican el consumo de cloro de cada madre de un escolar, comprobando la idiotez de los seleccionadores del uniforme oficial. 

La risa que faculta la memorabilidad de lo dicho, con referentes que encontrarías luego en cada guía fotocopiada, para que tu retentiva gritara ¡Eureka!, mientras vinculabas a Talcott Parsons con las dinámicas entre Eurídice Briceño y Eudomar Santos. Él, era el hombre de la etiqueta ante cualquier reticencia de tu comprensión. Y también era el mejor seleccionador, pues en cada grupo gigantesco de los primeros años, se dedicaba a buscar los talentos que llenarían las discretas aulas de Sociología versus el gentío que desde el principio había elegido Relaciones Industriales como su línea.

La primera vez que me dijo "Doctora" me dio un ataque de risa; en todo caso era un mote común que también ayudaba a su caracterización. Me agarró en unos de los banquitos del estacionamiento del piso 3 y me explicó las ventajas de decidirme por Sociología versus el aburrimiento que sufriría en la otra opción. Lo escuché con atención sin llegar a explicarle el peso de los prejuicios de mis padres sobre las enormes posibilidades de ser una pelabola -en lenguaje técnico- si decidía ser socióloga. 

Era un profesor generoso con las calificaciones, para reprobar sus materias tenías que ser subnormal, tanto que un 15 era como 10, un 16 un 13, un 17 un 15 y así, hasta llegar al 20 que era 20. Lo más esperado era el examen oral. Llegaba con su maletín, sacaba una fuente que llenaba de tarjetas amarillentas, de hecho estaban escritas a máquina -saquen la cuenta-, de las que debías extraer dos para tu evaluación, imbricándolas de una vez o respondiendo una primero y la otra después. Si te acompañaba hasta la puerta, tenías 20, anuncio que hacía al resto de los -generalmente aterrorizados- alumnos, en voz alta y teatralizada. 

No ejercí lo que estudié. Se lo conté en un evento en el que yo narraba un sueño para Venezuela y él daba un diagnóstico que negaba, por el momento político, ese país posible. Escarbó en el resto de mis funciones dentro de mi ONG, para decirme bajándose los lentes a mitad de tabique: "¿Qué le dije, doctora? ¿Qué cree usted que está siendo?".

El carcajeo como tosiendo, el ¿me explico? siempre retórico, el tránsito de su mano para acomodarse los cabellos que caían sobre su frente, todos sus gestos se acumulan en mi memoria y le agradezco hondamente poder recordarle con una sonrisa mientras escribo, porque su poder residía justamente allí, en diluir entre relatos memorables, replicables, comprensibles, lo que para otros se limitaba a citas cargadas de normas APA o al ejercicio de esa inútil soberbia de saber que saben lo que tú aún desconoces.

Como todos los que organizamos los pupitres a su alrededor, leí fervorosamente sus líneas en prensa, y admiré sus demi-plié ante la altivez de Castillo, pues no hubo "otra llamada más" que le robara la escena, porque una vez que entraba en ella, la escena era suya. Las luces se acomadaban, la curiosidad se expandía, la memoria se nutría: sin que te dieras cuenta ;)

Poder sin récipe

22 abril 2013


El dolor de cabeza me tiene loca. Después de revolver completa la gaveta de las medicinas, no encuentro nada para aliviarme, me visto y salgo. Me llevo a mi perro pensando en la longitud de la cola que siempre tiene la farmacia popular. No me equivoqué, está larga. La mayoría son adultos mayores que han aprendido a sortearse los muros del edificio para soportar su estancia. Quedo detrás de unas abuelas y otro par de mujeres de mediana edad que llegaron junto a mí. Justo después de ellas, se incorporan unas chamas que con récipe en la mano, se cuentan las desventuras de tener unas madres mandonas y flojas. Eso despierta la discusión. 

La primera en hablar es una de las doñas que me antecede y le pide cariñosamente a la muchacha que no hable así de su mamá, que por algo le pidió el favor. La interpelada no le responde, sólo le voltea los ojos mientras le dice en tono más bajo a su amiga que odia a las viejas metiches. Una de las mujeres tras de mí le dice en tono imperativo: Discúlpate con la abuelita, es una vieja pero no es sorda. ¿Quién te crees tú para venir a mandarme? Yo puedo ser tu mamá y ella tu abuela, así que compórtate y pídele perdón. Primero muerta que con una marginal como tú de mamá. A estas alturas, toda la cola ha volteado por el incidente, tejiéndose versiones de lo que estaba pasando. Las muchachas se van y queda esa penosa mezcla de indignación y tristeza.

La violencia está ahí, en el notable morbo que despierta saber qué pasó, qué se dijeron y por qué se fueron las muchachas. Contrario a su tendencia, Pepe no ladra ni le salta a nadie encima, sino que se cobija entre mis pies. La otra abuela dice: ¿quién necesita que se queme un CDI si nos estamos quemando el alma? Unos bajan la cabeza, otros niegan lentamente, el propio vigilante afirma dándole la razón. Ella continua: Cuando insultamos también matamos un pedacito de lo que podríamos ser, cuando le reclamas con tan mal tono -viendo a la mujer que discutió con la chama- también la alejas de lo que quieres que haga, dale el ejemplo, la próxima vez di tu criterio con más dulzura y muchas gracias por intentar cuidar a mi hermana.

Se me aguan los ojos, es que siempre he soñado con ser una viejita junto a mi hermana, y es hermoso verlas, tan dispares y arrugadas, con unas peinetas que sabrá Dios dónde consiguen, con sus uñas perfectamente arregladas, calmas, enteras en su vejez. Interviene la amiga de la regañona, de pechos naturales muy arrejuntados, para decir: Es que ese es el problema, pa' reclamar lo justo también tienes que cuidarte de lo que vas a decir y cómo lo vas a decir. Mire señora, a mí, mi mamá me habría volado los dientes sin palabra, ¿oyó? Ahora la correa es una desgracia y formarles su peo también, por eso es que se preñan tan carajitas, ni la cocoya saben cuidarse, pero se creen adultas.

La primera abuela interviene: Hay que calmarse, estamos todos muy tensos. La cola es larga, la vida es corta, pero todo pasa. No se puede tomar en serio lo que no nos afecta en realidad, porque el que te insulta cree que te hará daño, pero eso pasa si lo dejas, sino no. Creer es un asunto de voluntad, como la fe. Silencio. Aquello me resultó una clase de militancia política con olor a mentolado del pingüino. Le pico el ojo, le digo que estoy de acuerdo. La regañona admite que lleva días arrecha, que no hay olla abollada que le devuelva la calma, porque hacer trampa también tiene un límite, porque no se imagina 6 años de gobierno con un inútil que no sabe ni hablar. Su amiga sexy completa el cuadro diciendo: Si como habla, tira, con razón Cilia no se ha casado con él.

La cola rompe en carcajadas. El chiste se va diseminando con mayor velocidad que las tesis del problema y más de uno agrega sus comentarios: "Ese no tira", "Por eso es que se las da de hombre", "Ese es un cobarde" "Por eso se viste y que de militar", "Con esa labia sólo se levantó a Cilia", y así. Hasta Pepe interviene ladrando un poco. ¿Ves, Teresa?, dice la doña, no es igual mandar que gobernar, un presidente no es un líder por el cargo, ¿cuál revolución va a hacer un hombre que ni siquiera se ha ganado el respeto necesario?

Mi dolor no cede.
Mi esperanza tampoco.

Soy, la democracia, soy

31 marzo 2013

La cuña del CNE para estas elecciones es espantosa. Con una estética más cercana a los años estelares de Camilo Sesto o Los Terrícolas, unos tambores sombríos abren paso a los personajes que se despiertan con un naranja desvencijado que se mantiene en sepia, a pesar de la combinación de cuadros luminosos con otros más oscuros. Cada frase interpretada con dolor (¿?), puede ser traducida en términos favorables al partido de gobierno, afirmando lo mustia de esta elección por un hecho sobrevenido, diferenciándola de todas las anteriores donde íbamos a votá. En esta oportunidad hay que ir con tristeza, en una marcha colectiva que nos acerca a la ocasión que jamás previmos y sin embargo ocurrió. 


Es una cuña partidizada, que supera con creces la calificación de publicidad subliminal, usando como eje de narración el presente indicativo del verbo ser en primera persona, al que tanto provecho le sacara el finado PopStar en las elecciones pasadas, donde todos eran él, y que ahora usa Nicolás para brindarle a la unción, un carácter de herencia, porque ahora él es el hijo de Chávez. 



Ser la lucha de algún país introduce en un ejercicio cívico, términos de combate que nada tienen que ver con unas elecciones: ¿a quién escuchamos obsesivamente hablar de batallas utilizando el verbo luchar? ¿Cómo dice el eslogan con el que ahora cierran todas su intervenciones? ¿Quién es el que vive y qué es lo que sigue? 

Ser el rostro de la soberanía, que no alimentaria, habida cuenta de la fatal combinación de inflación, desabastecimiento y escasez, respondámonos ¿quién utiliza el término soberanía -también con probada obsesión- incluso en el abstracto plan de la patria? ¿Quién insiste en rescatar la soberanía que el resto del país aún no entiende cómo es que está amenazada ni por quién?

Ser la fuerza que está en las venas, es una frase tan ajena a la venezolanidad. Circula mejor la creencia de que en la unión está la fuerza; todas las madres mandan a sus hijos a comer para que sean fuertes, pero de venas no hablamos. Discúlpenme la suspicacia, pero, ¿cuál fue el libro que le regaló el difunto a Obama?

Ser la bandera de Venezuela, justo ahora, ahora después de mantenerlas izadas a media asta por tantos días. Después de estamparle la fecha del fallido golpe de estado a la gorra que en las pasadas elecciones usó Henrique Capriles. Después de elegirla para el brazalete que honra al desaparecido. La bandera, claro. La que establece la Ley Orgánica de Procesos Electorales como prohibida para usar en campañas y sin embargo afirma Nicolás que fue rescatada por su padre quimérico.

Ser quien arropa la sonrisa es metáfora para la tristeza, para el luto, la aflicción. Eso podría justificar que para esta elección no haya alegría. La risa exhibida por Nicolás, la ha producido burlándose de su oponente, por homosexual o drogadicto, por obseso o flaco. La cuña es la negación de la alegría, ¡qué cosas! Les lego el trabajo de meditar sobre el puente que comunica, la armonía y los que hacen la democracia.

Yo decidí a hacer mi propia versión del tema y de paso pintarla. Porque hay palabras rescatables, palabras con las que pueden construirse mensajes más eficientes para convocarnos a votar. 

Elige las tuyas y vota.